El establecimiento de una comunicación fluida entre atador y atado
convierte una sesión de shibari (sea performance con público, sea juego
privado) en un cruce entre baile intenso y pelea de artes marciales…
Entra también en juego el aspecto estético: la disposición de las
cuerdas realzando y subrayando las formas de la persona atada, la
contorsión erótica de los cuerpos, las posturas tanto expuestas como
recogidas, tensas o relajadas. La expresión de la cara de la persona
atada suele ser clave en las fotografías de shibari: en una cultura como
la nipona, famosa por su impenetrabilidad facial, dejar traslucir una
emoción profunda crea un instante potente y significativo.

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