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jueves, 20 de febrero de 2020

Un bello relato escrito por un buen amigo

 

MUY HERMOSO RELATO ...

 

Una vez más había que esconder camisetas, banderines y bufandas porque el eterno rival nos había aplastado como un rodillo. Y una vez más habíamos tratado de ahogar nuestras penas en alcohol… p Y así, mareado y refunfuñando entre dientes, deseando llegar a casa y caer en mi cama para olvidar mi vida de mierda, avanzaba hasta darme casi de bruces con ella. Al principio ni la vi, entre la espesura de la niebla y la pérdida de capacidad visual que arrastraba en aquel momento, pero al llegar a las escaleras que conducían a mi casa, allí estaba ella, sentada, acurrucada como un osito de peluche, empapada por la lluvia, aterida de frio y con cara de llevar allí un buen rato esperando. - ¿Qué haces aquí? - Hola mi Señor. Me enteré del resultado del partido y supuse que estaría usted mal. - ¿Y eso a ti eso que cojones te importa?. Yo ya no soy tu Amo, ¿recuerdas? - Perfectamente Señor, pero eso no es impedimento para que yo siga siendo su esclava. - Yo no necesito ninguna esclava, lo que necesito es un baño caliente e irme a dormir. - Le he traído algo de cenar. Un caldo y empanada, aunque se han quedado fríos. Tendré que calentárselos. - ¿Cuánto tiempo llevas ahí, sentada? - Más de dos horas, mi Señor. - Estás horrible, ¿lo sabías?. Anda, pasa y sécate un poco, no quiero tener sobre mi conciencia el que te mueras de una pulmonía. - Gracias mi Señor, detrás de usted. La miré a los ojos para cerciorarme de que no trataba de jugarme una mala pasada. Uno nunca puede fiarse de una mujer dolida, y seguro que ella tenía motivos para estarlo. Pero en sus ojos sólo vi mansedumbre y entrega, y un brillo especial cuando le permití entrar de nuevo en mi casa. Entramos en silencio y tuve que insistir en que se secara antes de calentarme la cena, pues ella consideraba que mi bienestar estaba por delante de su salud. - He dicho que vayas al baño y te seques bien seca mientras yo enciendo la estufa, y no me discutas. - Pero es que solo tengo esta ropa, Señor. - Puedes coger mi albornoz. Quizás no esté demasiado limpio, pero te abrigará. - Muchas gracias, mi Señor. Haré lo que usted me pida. La vi avanzar por el pasillo, dejando huellas de agua en el suelo, y un antiguo sentimiento de protección se despertó de nuevo en mí, aunque traté de arrinconarlo de inmediato. Encendí la estufa de leña y puse a calentar el caldo que, afortunadamente, daría para los dos, pues los dos necesitábamos calentar nuestros congelados cuerpos. Apenas había colocado la mesa y sacado una botella de vino, cuando apareció en la puerta, envuelta en mi albornoz y secándose el pelo. Esa era una de las cosas que más me gustaban de las sumisas, que no pierden el tiempo en el baño cuando creen ser más necesarias en otro lugar. - ¿Pero que hace, Señor?. Déjeme a mí eso, y usted vaya a secarse y a cambiarse de ropa, que esto es cosa mía. - No soy ningún inútil, contesté - Perdón Señor, no quería ofenderle… es sólo que yo estoy aquí para servirle, no para ser servida. - Está bien, voy a darme un baño. Haz lo que quieras. Despacio me encaminé al cuarto de baño, y una vez allí, decidí que una ducha no era suficiente, así que abrí el grifo de la bañera y dejé correr el agua mientras me desnudaba y veía, con cierto espanto, a ese desconocido que me miraba desde el espejo. Ciertamente ya no era joven. La vida iba dejando sus marcas en mi rostro, y el cansancio y la negrura de mi alma se reflejaban en mi cara dándome el aspecto de un viejo prematuro. Me metí en la bañera sintiendo la caricia del agua caliente sobre mi piel. Cerré los ojos y me dejé llevar por la memoria hacia tiempos pretéritos donde todo era más alegre, más cristalino, con colores y aromas más intensos. Ni siquiera la oí entrar, pero si noté la delicadeza de sus manos al recorrer mi cuerpo con una esponja, masajeando mis doloridos músculos. Dejé que me frotara el cuerpo, que me lavara el cabello, incluso que afeitara mi cara… Me puse en sus manos porque sabía que eran manos expertas capaces de hacer que me sintiera mejor. Con el agua aún tibia, me acercó un tazón de caldo caliente que bebí con ansiedad, consiguiendo que el calor interno se fundiera con el calor que sentía en mi piel. Dejé que peinara mis cabellos y que me sacara de la bañera para secarme despacio y concienzudamente cada recoveco de mi cuerpo, sin olvidar ninguno. Acto seguido, se quitó el albornoz y me lo puso, quedándose completamente desnuda ante mí. Pude observar que su cuerpo ya no era joven tampoco, y que su piel había perdido la tersura de antaño. Aún así, lo llevaba limpio y rasurado como a mí me gustaba, con su pelo largo y de un tostado azabache recogido en una coleta alta, semejante a las crines de una hermosa yegua negra. - ¿Desea algo más, mi Señor? - Si, acompáñame a la habitación. Dócilmente siguió mis pasos hasta mi habitación, donde la cama estaba recién hecha y mi ropa ya estaba recogida y doblada sobre la cómoda. Al entrar se adelantó y abrió el lecho por el lado izquierdo, que era el que yo siempre ocupaba. Deje caer el albornoz, y desnudo me introduje en la cama. Ella, solícita, se tumbó en la alfombrilla que había en el suelo, a mi lado. - Ven, métete en la cama conmigo. Podría intentarlo, pero sería en vano, pues jamás conseguirá expresar el brillo de felicidad que, como un foco de alta potencia, iluminó sus ojos en aquel momento. Se metió en la cama a mi lado, y bajando la vista, me preguntó: - ¿Desea mi Señor que haga algo para que pueda dormir más tranquilo? ¿O desea usar a su esclava para relajarse? - No… sólo, abrázame. Y así, abrazados, con su cabeza sobre mi pecho y su cuerpo dándome calor, mientras escuchaba en la oscuridad su respiración feliz y acompasada, me di cuenta, una vez más, de que la entrega, la verdadera entrega, no tiene por que estar siempre relacionada con el sexo. Porque allí, en aquella densa oscuridad, simplemente teniéndola acurrucada entre mis brazos, la sentí más mía que nunca. Aquella noche dormí como el más feliz de los hombres…, y a la mañana siguiente, al despertarme, pude sentir el calor de su cuerpo… Y decidí entonces que no era tan viejo como pensaba, y que la vida no era tan negra como yo creía, y que aún había una oportunidad de ser feliz, y que aún me quedaba mucho por vivir a su lado…, al lado de MI verdadera esclava. ..

By Merrin




miércoles, 26 de diciembre de 2018

 
¿Por qué resulta erótico inmovilizar o restringir el movimiento? Para la persona atada, el efecto es en parte físico: la presión de las cuerdas sobre puntos sensibles y zonas erógenas, el roce que puede ser suave o áspero según el tipo de cuerda… En una suspensión entra en juego la ingrávida sensación de volar y perder los referentes; en una atadura sobre tatami o una cama, el sentirse manejada, empujada, acariciada por las cuerdas. Los efectos psicológicos son potentísimos y a veces contradictorios: el chorro de adrenalina al sentirse indefenso y a la merced del atador, frente a la relajación y confianza de saberse en buenas manos y poder librarse de toda responsabilidad y vergüenza (“no puedo resistirme al placer que se me proporciona”). Como sostiene el propio Araki, atar fuertemente es abrazar… Las cuerdas se convierten en una extensión de los dedos del atador.
El establecimiento de una comunicación fluida entre atador y atado convierte una sesión de shibari (sea performance con público, sea juego privado) en un cruce entre baile intenso y pelea de artes marciales… Entra también en juego el aspecto estético: la disposición de las cuerdas realzando y subrayando las formas de la persona atada, la contorsión erótica de los cuerpos, las posturas tanto expuestas como recogidas, tensas o relajadas. La expresión de la cara de la persona atada suele ser clave en las fotografías de shibari: en una cultura como la nipona, famosa por su impenetrabilidad facial, dejar traslucir una emoción profunda crea un instante potente y significativo.
¿Y qué hace el atador cuando tiene a la “víctima” a su merced? ¿La azota? ¿La acaricia? ¿La fotografía? ¿Folla con ella? ¿Deja que vuele? ¿Le venda los ojos para que se aísle del mundo exterior y se cueza en su propia salsa? Pues todo, parte o nada de lo anterior, dependiendo de la relación existente entre ambos (tan ligera como atador/modelo fotográfico o tan profunda como pareja habitual). Cada tipo de interacción tendrá su propia energía artística y vital.
Akechi Denki 明智伝鬼 sobre lo que es el Shibari dijo: “…Es la comunicación entre dos personas utilizando la cuerda como medio. Es una conexión establecida con una cuerda entre los corazones de dos personas. Así que la cuerda debe abrazar con amor, como los brazos de una madre abrazando a su hijo…“
Yukimura Haruki (雪村春樹) Sensei dice en el libro “The Beauty of Kinbaku”: “…El shibari no trata sobre saber hacer tal o cual atadura, sino sobre cómo se utiliza la cuerda para lograr comunicar emociones.”

lunes, 22 de enero de 2018

Nalgadas terapeuticas...Psicólogos curan adicciones y depresión con nalgadas




 

Según expertos este tratamiento tiene un simple objetivo: devolver la felicidad a las personas que la han perdido.

¿Dejarías que te golpearan con  en las nalgas como parte de un tratamiento psicológico? Aunque parezca un método propio de tiempos medievales, lo cierto es que en Siberia se practica el castigo corporal en terapias para curar adicciones de todo tipo y también estados depresivos. Quienes lo realizan aseguran que ha servido para tratar con éxito a miles de pacientes.

"No es un actividad sadomasoquista", aclaró a “The Siberian Times” la psiquiatra Marina Chukhrova, y agregó que golpear a personas en los glúteos tiene "un claro y definitivo propósito médico".

Según la especialista, este método es muy indicado para pacientes que no responden a otros tratamientos y explicó que la forma en que actúa es muy sencilla: devuelve la felicidad a las personas que la han perdido. La hipótesis detrás de la terapia sostiene que los adictos sufren de falta de endorfinas, también conocidas como "hormonas de la felicidad", y que el dolor que provoca el castigo corporal estimula al cerebro a liberarlas, haciendo que los pacientes se sientan más felices.

"Los golpes contrarrestan la falta de entusiasmo por la vida que a menudo está detrás de las adicciones, las tendencias suicidas y los desórdenes psicosomáticos", afirma el psicólogo German Pilipenko, quien trabaja con el método junto a Chukhrova.

Pero este insólito sistema no fue creado ni por Pilipenko ni por Chukhrova, sino por Sergei Speransky, director de Estudios Biológicos del Instituto de Medicina de Novosibirsk, quien ha admitido que lo probó para tratar su propia depresión. "Funcionó para mí. No soy sádico, al menos en el sentido clásico, pero sí defiendo los golpes", ha dicho el médico.

Antes de cada sesión de golpes, los pacientes reciben primero asesoría psicológica y al terminar son sometidos a un electrocardiograma para verificar que el tratamiento no les esté causando algún inesperado problema cardíaco. Los adictos a las drogas deben soportar 60 golpes, mientras que para las terapias contra otras adicciones (alcohol, sexo, etc.) el número de golpes se reduce a la mitad.

Pacientes que se han sometido al método han asegurado que a pesar de que con cada golpe se siente mucho dolor y es muy incómodo, una vez que se han recibido todos se dan cuenta de que realmente les ha servido.

Por su parte, quienes lo realizan aseguran que golpear a los pacientes no tiene como objetivo humillarlos, pero sí terminan  bastante adoloridos.

Marina Chukhrova explicó a The Siberian Times que la única zona del cuerpo que se golpea en el tratamiento son los glúteos, y que para ello utilizan una rama de sauce, porque es flexible, no se rompe y no provoca heridas.

"La experiencia nos muestra que (los glúteos) es una buena zona reflexógena, que puede ser usada para transformar las señales de dolor en una actividad positiva para el organismo humano", sostuvo la psiquiatra.

 

Cada sesión de golpes cuesta más de 214 soles, y se realizan dos veces por semana durante tres meses. Chukhrova afirma que aunque no hay reglas establecidas, los tratamientos de hombres los llevan a cabo mujeres y viceversa.

"Si algún paciente siente placer sexual por los golpes, nos detenemos de inmediato", enfatizó.

En relación al escepticismo que genera el método entre sus colegas, German Pilipenko afirmó que ningún otro sistema que aumente la liberación de endorfinas, como el ejercicio, la acupuntura, los masajes e incluso el sexo, es más efectivo que los golpes y recordó que éstos se utilizan desde la época medieval.

"Una gran cantidad de enfermedades psicosomáticas se pueden tratar con esté rápido y dinámico método. Recibimos a muchos pacientes aburridos con sí mismos y con el mundo, débiles, apáticos, tristes y cansados. Los ayudamos a cambiar la forma en que reaccionan al estrés y a superar cualquier situación preocupante que se les presente en el futuro", defendió el psicólogo.

 

http://spankrol.blogspot.com.co/2015/04/nalgadas-terapeuticas.html